En la región Nordeste de Portugal se concentra el núcleo más representativo de esas construcciones, aunque haya palomares dispersos por todo el país, especialmente en la Beira Baixa y en España en Extremadura y en el Alentejo. Los palomares del Nordeste se caracterizan esencialmente por la uniformidad arquitectónica, con una configuración inconfundible incluso en contexto mundial. Presentan planta circular o semi-circular, paredes gruesas siempre construidas en piedra, estucadas -pintadas con una pasta de cal apagada, arena y yeso- y encaladas de blanco, una única puerta de entrada y salidas de vuelo en la parte superior, en general consistentes en plataformas de piedra, además poseen coberturas de madera y tejados de una o dos aguas o cónicos con teja cerámica o placas de pizarra.
Estas semejanzas tienen origen en el hecho de que la comunidad rural de esta región ocupa un espacio ecológico común que corresponde fundamentalmente a la parte media de la cuenca hidrográfica del Duero, zona de transición entre la meseta Ibérica y la costa Atlántica. El microclima del Duero se percibe en los relevos ondulantes y valles formados por el Duero y sus mayores afluentes (Sabor, Tua, Côa, Águeda). Se encuentra por debajo de los mil metros y los terrenos son pobres formados fundamentalmente por pizarra y granito. Estos terrenos son base desde hace mucho, de cuatro culturas agrícolas dominantes: los cereales, la viña, el olivar y las huertas. Asociados a este escenario físico y socio-económico surgieron a partir del comienzo del siglo XIX y hasta mediados del XX los cerca de 3500 palomares del nordeste que denominamos como “palomares tradicionales”.
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